lunes, 16 de marzo de 2015

Testigos de su Amor (Aparecido en Vivelucena.com) Texto de Antonio Ruiz Granados y fotos de Jesús Ruiz Jiménez "Gitanito"


Nadie fue a su casa para aviarlo. Con la camisa sucia después de una dura jornada de trabajo en el campo, sólo pensaba en llegar pronto a casa. La timidez del sol, que se arriesgaba a colar alguno de sus rayos soslayados entre el espesor de las nubes, no invitaba a estar en la calle. Absorto en sus desventuras, la sonoridad de unos murmullos que se tornaban en alboroto lo devolvieron a la realidad. La curiosidad crecía en él por momentos y, sin darse cuenta, se encontraba abriéndose paso entre el gentío hasta detenerse en seco. El público le impedía avanzar más. Mezclado entre la tensión que se desprendía de la muchedumbre, rastreó hasta toparse con algo que concentró su atención. Intentando disimular la suciedad de sus manos y la sorpresa de su cara, procuró pasar desapercibido.

El agotamiento se imponía a la fuerza. Hacía falta ayuda sin más demora. “No puede venirse abajo, hay que arrimar el hombro”, gritaban algunos. Y, escogido al azar, el trabajador fue improvisadamente requerido para formar parte de la cuadrilla. “¿Estás, Simón?”, le dijeron. “Puesto”, respondió poco convencido. Y, agarrándose al madero, el de Cirene se sintió el primer santero.

En cuestión de segundos, el espectador se había convertido en parte de la función. Desde la trasera, recibiendo sin quejarse el peso de la cruz, examinaba al público. Conmovidos, exaltados o nerviosos, todos, sin excepción, evidenciaban con su gesto sentimientos que no parecían unánimes. Pero ninguno como el que a lo lejos divisaba. Juntas como siempre pero más desdichadas que nunca, un grupo de mujeres buscaba, a riesgo de hallar, al manijero de Simón. Desoyendo los gritos de la multitud, sintió curiosidad por la identidad del hombre al que ayudaba y que en ese momento detenía el racheo de sus pisadas. Asombrado, comprobó que era Jesús, el Nazareno.

Ya no se acordaba de la camisa, arremangada con celeridad para ocultar su impureza, ni tan siquiera de sus problemas pecuniarios. Únicamente podía mirar a Jesús. Sudoroso, ensangrentado y rozando los límites de la extenuación, lo encontró inusitadamente tranquilo. En sus ojos no había ira ni desesperación sino angustia contenida. Angustia acrecentada al comprobar que entre esas mujeres estaba su madre, María. Para sorpresa de Simón, Jesús extendió su diestra temblorosa y las consoló. Era todo amor. “¡No lloréis por mí!”, les pidió. No lo consiguieron. Sin intercambiar más palabras, un tirón de la soga advertía que no era momento de entretenerse. “Un paso más, sólo uno”, le susurró al Nazareno. “Un paso más y ya estamos”, prosiguió, sabiendo que no sería un alivio. Y divisando la cima, Simón terminó el horquillo más duro. Acababa de aprender la mejor lección jamás impartida. Ya podía irse al refresco.

Nadie ha ido a sus casas para aviarlos. Con la camisa sucia después de un largo día de trabajo, sólo piensan en llegar pronto a la iglesia. No queda rastro del sol que horas antes jugaba a traspasar su luz a través de las ventanas. Concentrados en su misión, el silencio les indica que el rito comienza. No pretende lastimarlo. Intenta, sin lograrlo, no rozarlo. Desea que esas espinas, escogidas a traición por los verdugos y labradas con tesón por un orfebre, se tornen laureles que acaricien su frente. Rafael desliza el enredo, con la fuerza de un suspiro, hasta dejarlo a la altura de las sienes. Obligándolo sin querer con ello herirlo, Agustín, Jesús y Felipe lo cargan con la cruz aunque, si por ellos fuera, nunca más la llevaría. José Luis, Juan y Miguel ultiman los detalles. Agolpados en torno al Nazareno, José Antonio, Francisco y Manolo no pueden esquivar su mirada y los recuerdos que les evoca. “Ahora sí, ya está todo”, se dice Antonio satisfecho. Como la primera vez, Marisol, Rosario y Loli, sus mujeres, acuden a su encuentro para mimarlo pero es él quien las conforta. Es todo amor. Ya no se acuerdan de la camisa, arremangada con desenfado para facilitar el trabajo, ni tan siquiera de sus inquietudes y desvelos. Porque, aunque no estén todos los que son, ni los que fueron o serán, los hermanos del Amor renuevan cada año aquella historia de la que Simón, nuestro humilde campesino, fue testigo.

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