viernes, 9 de octubre de 2015

La Virgen de Araceli y el convento franciscano de la Madre de Dios

Era la mañana del 27 de mayo de 1962. Pasadas las Fiestas Aracelitanas, la imagen de la excelsa patrona de Lucena, María Santísima de Araceli, se disponía a continuar su ronda de visitas a los distintos templos de la ciudad para conmemorar el IV centenario de su llegada a la localidad. Ese día, la Virgen de Araceli permaneció en los conventos de las carmelitas, que por entonces seguía en el lugar que nunca debió abandonar, y las clarisas, hoy desaparecidas. A continuación, fueron las agustinas de San Martín las que recibieron a la Señora en su casa antes de partir hasta el Valle. Al día siguiente, el 28 de mayo, puso rumbo a la iglesia franciscana de la Madre de Dios, donde sus devotos pudieron venerarla hasta la jornada siguiente, en la que retornó a San Mateo.

Traslado de la Virgen de Araceli en 1962. Foto www.virgendearaceli.com

Este esquema se siguió en la conmemoración del L aniversario de la coronación canónica, en 1998. La Virgen de Araceli visitó las iglesias de Lucena en dos tandas. Para recibir a la patrona en el templo franciscano salió a su encuentro la imagen de San Francisco de Asís. En el traslado de vuelta fue la imagen de San José la que acompañó a la Virgen de Araceli, en una emotiva procesión cuyo momento culminante fue el encuentro con Jesús Nazareno.
La Virgen de Araceli en los Frailes. Foto www.virgendearaceli.com
Estampa conmemorativa de la Virgen de Araceli a los Frailes
Traslado de la Virgen de Araceli desde los Frailes. Foto www.virgendearaceli.com

Las obras en la Plaza Nueva para la construcción de unos aparcamientos provocaron que en 2007 y 2008 se celebrara la procesión del Día de la Virgen desde la iglesia de la Madre de Dios, con sus consiguientes traslados procesionales en los que tampoco faltó el santo franciscano.
Traslado de la Virgen de Araceli a los Frailes. Foto Antonio Ruiz
La Virgen de Araceli y San Francisco de Asís. Foto Antonio Ruiz
La Virgen saliendo de los Frailes. Portada de la revista La Voz 2008
La Virgen en el interior de los Frailes en 2007, año del estreno del palio verde


La vinculación entre la Virgen y el convento no se ciñe a estas visitas. Durante todo el año, una reproducción de nuestra patrona puede venerarse en la iglesia, mientras que un artístico azulejo preside uno de los laterales del claustro.

Fotos El Parigolón


jueves, 3 de septiembre de 2015

Iconografía aracelitana: La imagen de la patrona de Lucena (Aparecido en La Hornacina)

ICONOGRAFÍA ARACELITANA: LA IMAGEN DE LA PATRONA DE LUCENA
Antonio Ruiz Granados (26/05/2015)
Isabel Clara Eugenia
Alonso Sánchez Coello (1585-1588)


1. Introducción
La llegada de María Santísima de Araceli a Lucena se produjo, como se deduce de un acuerdo municipal en el que se determina el recibimiento de la imagen, en la primavera de 1562 gracias a don Luis Fernández de Córdoba, II Marqués de Comares. La Virgen que veneraron aquellos lucentinos ofrecía un aspecto muy diferente al actual. Realizada en madera de ciprés, alcanza los 162 centímetros de altura y representaba a una Madonna de talla completa, ataviada con túnica carmesí y manto, en actitud de rezar y posada sobre una nube de la que emergían cinco querubines (1). Años más tarde, la patrona de Lucena cambiaría radicalmente.
Hemos de distinguir en la Virgen de Araceli dos iconografías, la habitual y la ocasional. La diferencia entre ambas radica principalmente en el atuendo. La primera de ellas nos muestra a la Madre de Dios mayestática, triunfante y coronada como reina. En la segunda, María se presenta con ropas de dama de viaje que la cultura popular identifica como de pastora. Este atuendo se reserva para la romería de bajada, fijada el penúltimo domingo de abril, y para el período navideño y viene usándose desde hace más de dos centurias como atestiguan grabados como el realizado por Antonio de las Doblas en Málaga o el del obrador parisino de Maesani, si bien cayó en desuso durante largas temporadas.


2. La imagen de María Santísima de Araceli
El icono de María Santísima de Araceli tal y como lo conocemos es fruto de una evolución gestada y fijada a lo largo de la Edad Moderna. La Madonna supuestamente inspirada en la romana de la basílica de Ara Coeli experimenta, a consecuencia de la devoción popular, una importante transformación en el siglo XVII, momento en que se convierte en una Hodegetria, versión iconográfica de la Theotokos o Madre de Dios, en la que María aparece de pie sosteniendo al Niño con su mano izquierda. Aunque pueda parecer producto del azar, el hecho de que el Niño descanse sobre esta mano se sustenta en escritos como el Salmo 45:10, "a tu diestra una reina, con el oro de Ofir" (2). Además, la Virgen diestra o Aristokratousa, dejaría libre su mano derecha para dedicarse a otros menesteres sin descuidar su maternidad (3).
Adaptar una talla completa para que pueda ser vestida, proceso repetido en un nutrido grupo de imágenes devocionales desde el siglo XVI, conlleva alteraciones en su fisonomía original. Como ocurre con la Virgen de Araceli, infinidad de esculturas deben ser mutiladas, en ocasiones de forma salvaje, para camuflar las formas primigenias y permitir la incorporación de tejidos.

El profesor Hernández Díaz describió estas actuaciones de una forma inusualmente expresiva: "hay imágenes que están tremendamente mutiladas. Una mutilación tan fuerte que si alguna persona hubiera querido hacerle daño a la Virgen por molestarla en su sentido de maternidad, probablemente no lo hubiera hecho con la tremenda garra, con la tremenda fuerza, con la que se hizo precisamente para honrarla". A esta contundente afirmación añade, por si hubiera alguna duda, que "todas esas mutilaciones para vestirla en absoluto representan desacato, al contrario, veneración y veneración muy profunda" (4). En efecto, las amputaciones que algunas imágenes marianas sufren por parte de sus devotos resultan impías agresiones que han acabado con tallas de gran valor cultural. Menor impacto suponen modificaciones sutiles pero necesarias para la incorporación de mantos y sayas como la elevación de la imagen a través de peanas o de falsos candeleros para proporcionar una mayor altura, sobre todo cuando ésta se representa sedente (5).

Muchas esculturas habían sido concebidas con la imagen del Niño Jesús, por lo que se abre una doble posibilidad en torno a éste: conservarlo, especialmente cuando su colocación o tamaño desaconsejaban la mutilación (6); o realizar uno nuevo que, lógicamente, se alejaría estilísticamente de la imagen mariana (7). La Virgen de Araceli no portaba Niño, por lo que tuvo que encargarse uno de nueva factura. El actual, de 47 centímetros de altura, fue realizado en el primer tercio del siglo XVIII pues ya en el inventario de 1716, que conocemos gracias a la labor de López Salamanca, se menciona un "Niño nuevo con ojos de cristal" (8).


3. Los atributos de la Virgen de Araceli
La iconografía de las imágenes marianas exentas, es decir, fuera de escenas narrativas y con el único fin de dar veneración a la Madre de Dios en sus distintas advocaciones, suele ser, salvo excepciones, muy simple. La Virgen de Araceli sostiene con su mano derecha un cetro, símbolo de su papel de corredentora y del poder. El más rico, en plata con esmeraldas, topacios, amatistas y granates, fue labrado por el platero Juan José Cañete en 1776 (9) y suele enjoyarse con frecuencia, si bien con anterioridad solía cubrirse con flores.
Tanto la imagen de la Virgen de Araceli como la del Niño portan sobre sus sienes coronas, atributo de la realeza. Son varios los juegos de coronas de la patrona de Lucena, aunque el más conocido y con mayor carga simbólica y sentimental es el labrado por el malagueño Cayetano González en 1934 con vistas a la coronación canónica, que tendría lugar en la mañana del 2 de mayo de 1948.
La enorme acogida de la devoción inmaculista introdujo un elemento más en la iconografía mariana y, por supuesto, en la aracelitana: la media luna. Muy interesante es la realizada en 1691 por el platero José Basurto, utilizada en el camarín y en las romerías. Armonizaba con el resplandor o ráfaga, una aureola de la que emergen rallos y que, aunque tiempo atrás completaba la estampa aracelitana enmarcando la cabeza de la Virgen, en nuestros días se reserva a los últimos días de su estancia en la iglesia de San Mateo. Con ella es habitual encontrarla en la mayoría de grabados y pinturas desde finales del siglo XVII e incluso en fotografías de principios del siglo XX. Estos dos atributos tienen como fuente fundamental el Apocalipsis, en el que se habla de "una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza" (10).


4. El atuendo de la Virgen de Araceli
El siglo XVII trajo consigo la consolidación de una costumbre que ya se había iniciado en los años finales de la centuria anterior y que, asimilada por el pueblo con toda naturalidad, consistía en vestir a las imágenes marianas siguiendo la moda de las damas de la Corte de los Austrias. Una de las mejores representantes del gusto de la Corona hispana del momento es Isabel Clara Eugenia (1566- 1633), hija de Felipe II e Isabel de Valois. Conocemos cómo se mostraba públicamente gracias a los abundantes retratos que se conservan de la gobernadora de los Países Bajos salidos de los pinceles de Alonso Sánchez Coello y Juan Pantoja de la Cruz.
El traje de las damas se componía de una falda o saya de amplio vuelo en su parte inferior y que tomaba una forma acampanada gracias al verdugado, una prenda interior similar al cancán. La parte superior se cubría con corpiño y los brazos con mangas de gran anchura, a veces con forma de pico o perdidas (11), rematadas por encajes o puñetas (12). Estos encajes de los puños son cada vez más voluminosos y, con los Borbones, se completan con pulseras de perlas. Es así como vemos a Isabel de Farnesio (1692-1766), segunda esposa de Felipe V, en una moda que se dilatará en el tiempo hasta llegar a María Luisa de Parma (1751-1819), esposa de Carlos IV, y a la Virgen de Araceli, que exhibe en sus muñecas grandes encajes y perlas al menos desde el último tercio del siglo XVIII y que constituye, sin duda, uno de sus elementos más característicos.
Además del manto que, evolucionado desde una capa irá ganando protagonismo con el paso de los años, ocultará la cabeza un velo inspirado en las cofias de papos, singular prenda femenina empleada para esconder el cabello, o en la gorguera, un cuello de gran volumen (13). La cofia y otros encajes que se colocaban con forma de punta silueteando el manto se transformaron en piezas de orfebrería, dando lugar al rostrillo y las ráfagas (14). Francisco Bermúdez labró en plata y pedrería fina el rostrillo de gala de la Virgen de Araceli en 1765, aunque conserva otros de encaje que corroboran lo expuesto con anterioridad.
La extensa colección de grabados de la Virgen de Araceli nos permite identificar todos los elementos descritos en su estado anterior, por lo que es posible realizar una arqueología iconográfica a través de las estampas. De este modo, en un grabado ejecutado a mediados del siglo XVIII podemos comprobar cómo a los atributos habituales de la Virgen se suman los encajes en forma de punta que nos recuerdan a imágenes como la Virgen de Mesa de Utrera o Rocío de Almonte. Este elemento, que se repite en los grabados hasta los años ochenta del Setecientos, desaparece en el ejecutado por Bernardo Albíztur en 1788, por lo que podemos afirmar que es entonces cuando cae en desuso para siempre. En cuanto a la cofia y el rostrillo de encaje, se distinguen con claridad en la estampa del malagueño Francisco Mitjana de 1851 (15) a pesar de que entonces ya poseía otros metálicos.
Además de las joyas, abundantes tanto en el pecho como en las manos, no es extraño ver a la Virgen de Araceli con algún rosario formando el anagrama de María en la saya. Ya se disponía así en grabados del siglo XVIII, en los que vemos cómo el rosario, que pende de la mano derecha, adquiere la forma del símbolo ya en el vestido, en una costumbre que se ha continuado en el tiempo y extendido a otras imágenes de la localidad. La falda se completa con la vara de regir la ciudad que la distingue como alcaldesa perpetua de la villa.


5. Conclusión
La iconografía de la Virgen de Araceli se ajusta a un modelo ampliamente difundido entre imágenes de centenaria devoción pero con algunos rasgos característicos que identificamos en su atuendo. La estética con la que los lucentinos han venerado a su patrona se ha mantenido a grandes rasgos desde hace dos siglos, adaptándose a algunas modas. Algunas pérdidas notables en su iconografía, como la ráfaga, han sido suplidas por elementos como las coronas de coronación, que han resultado ser un rasgo definitorio de la impronta aracelitana a costa de otras coronas de mayor tradición.



NOTAS
(1) CRESPILLO GUARDEÑO, Antonio y GARCÍA MOSCOSO, Juan Carlos, Guía Aracelitana, Lucena, 2006, pp. 55- 56.
(2) Salmo 45:10.
(3) CARRASCO TERRIZA, Manuel Jesús, "Aspectos cristológicos en la iconografía de la Theotokos", publicado en Cristo, Hijo de Dios, Redentor del hombre. III Simposio Internacional de Teología, Universidad de Navarra, Pamplona, 1982, pp. 573-586.
(4) Estas palabras del profesor Hernández Díaz están extraídas del documental Rocío de Fernando Ruiz Vergara, filmado en 1980, y que se puede ver en https://www.youtube.com/watch?v=vXJfp4iFAic
(5) Ocurre en imágenes como la Virgen de Gracia de Carmona.
(6) Como exponente, la Virgen de la Cabeza de Andújar o la Virgen de la Piedad de Iznájar.
(7) Sirvan como ejemplo la Virgen del Rocío de Almonte o la Virgen de la Sierra de Cabra.
(8) LÓPEZ SALAMANCA, Francisco, Documentos para una historia de María Santísima de Araceli 1562- 1750, Lucena, 1993, pp. 102- 103.
(9) LÓPEZ SALAMANCA, Francisco, Documentos... Op.Cit., pp. 86-87.
(10) Apocalipsis 12, 1-2.
(11) La Virgen del Rocío conserva estas mangas pero a modo de mantolín o sobrevestido.
(12) CARRASCO TERRIZA, Manuel Jesús, "La iconografía de la Virgen del Rocío y su proceso de fijación", publicado en GONZÁLEZ CRUZ, David (Ed.), Ritos y ceremonias en el Mundo Hispano durante la Edad Moderna. Actas del II Encuentro Iberoamericano de Religiosidad y Costumbres populares. Almonte-El Rocío (España), del 23 al 25 de noviembre de 2001, Huelva, 2002, pp. 353-372.
(13) FERNÁNDEZ MERINO, Eduardo, La Virgen de Luto, Madrid, 2012.
(14) En la Virgen de Araceli no ocurrió con las ráfagas, que sí podemos ver en otras como la Virgen del Rocío de Almonte o Setefilla de Lora del Río.
(15) Algunas imágenes marianas exhiben con claridad la cofia. Es el caso de la Virgen de Setefilla, patrona de Lora del Río.  

BIBLIOGRAFÍA
CARRASCO TERRIZA, Manuel Jesús, "Aspectos cristológicos en la iconografía de la Theotokos", publicado en Cristo, Hijo de Dios, Redentor del hombre. III Simposio Internacional de Teología, Universidad de Navarra, Pamplona, 1982, pp. 573-586.
CARRASCO TERRIZA, Manuel Jesús, "La iconografía de la Virgen del Rocío y su proceso de fijación", publicado en GONZÁLEZ CRUZ, David (Ed.), Ritos y ceremonias en el Mundo Hispano durante la Edad Moderna. Actas del II Encuentro Iberoamericano de Religiosidad y Costumbres populares. Almonte-El Rocío (España), del 23 al 25 de noviembre de 2001, Huelva, 2002, pp. 353-372.
CRESPILLO GUARDEÑO, Antonio y GARCÍA MOSCOSO, Juan Carlos, Guía Aracelitana, Lucena, 2006, pp. 55-56.
FERNÁNDEZ MERINO, Eduardo, La Virgen de Luto, Madrid, 2012.
LÓPEZ SALAMANCA, Francisco, Documentos para una historia de María Santísima de Araceli 1562- 1750, Lucena, 1993; Documentos para una historia de María Santísima de Araceli 1751- 1800, Lucena, 1995.
SÁNCHEZ RICO, J. Ignacio, BEJARANO RUIZ, Antonio y ROMANOV LÓPEZ-ALFONSO, Jesús, Imago Mariae. El arte de vestir Vírgenes, Sevilla, 2015.

Virgen de Araceli
Fotografía de Manolo Espejo
   

lunes, 16 de marzo de 2015

Testigos de su Amor (Aparecido en Vivelucena.com) Texto de Antonio Ruiz Granados y fotos de Jesús Ruiz Jiménez "Gitanito"


Nadie fue a su casa para aviarlo. Con la camisa sucia después de una dura jornada de trabajo en el campo, sólo pensaba en llegar pronto a casa. La timidez del sol, que se arriesgaba a colar alguno de sus rayos soslayados entre el espesor de las nubes, no invitaba a estar en la calle. Absorto en sus desventuras, la sonoridad de unos murmullos que se tornaban en alboroto lo devolvieron a la realidad. La curiosidad crecía en él por momentos y, sin darse cuenta, se encontraba abriéndose paso entre el gentío hasta detenerse en seco. El público le impedía avanzar más. Mezclado entre la tensión que se desprendía de la muchedumbre, rastreó hasta toparse con algo que concentró su atención. Intentando disimular la suciedad de sus manos y la sorpresa de su cara, procuró pasar desapercibido.

El agotamiento se imponía a la fuerza. Hacía falta ayuda sin más demora. “No puede venirse abajo, hay que arrimar el hombro”, gritaban algunos. Y, escogido al azar, el trabajador fue improvisadamente requerido para formar parte de la cuadrilla. “¿Estás, Simón?”, le dijeron. “Puesto”, respondió poco convencido. Y, agarrándose al madero, el de Cirene se sintió el primer santero.

En cuestión de segundos, el espectador se había convertido en parte de la función. Desde la trasera, recibiendo sin quejarse el peso de la cruz, examinaba al público. Conmovidos, exaltados o nerviosos, todos, sin excepción, evidenciaban con su gesto sentimientos que no parecían unánimes. Pero ninguno como el que a lo lejos divisaba. Juntas como siempre pero más desdichadas que nunca, un grupo de mujeres buscaba, a riesgo de hallar, al manijero de Simón. Desoyendo los gritos de la multitud, sintió curiosidad por la identidad del hombre al que ayudaba y que en ese momento detenía el racheo de sus pisadas. Asombrado, comprobó que era Jesús, el Nazareno.

Ya no se acordaba de la camisa, arremangada con celeridad para ocultar su impureza, ni tan siquiera de sus problemas pecuniarios. Únicamente podía mirar a Jesús. Sudoroso, ensangrentado y rozando los límites de la extenuación, lo encontró inusitadamente tranquilo. En sus ojos no había ira ni desesperación sino angustia contenida. Angustia acrecentada al comprobar que entre esas mujeres estaba su madre, María. Para sorpresa de Simón, Jesús extendió su diestra temblorosa y las consoló. Era todo amor. “¡No lloréis por mí!”, les pidió. No lo consiguieron. Sin intercambiar más palabras, un tirón de la soga advertía que no era momento de entretenerse. “Un paso más, sólo uno”, le susurró al Nazareno. “Un paso más y ya estamos”, prosiguió, sabiendo que no sería un alivio. Y divisando la cima, Simón terminó el horquillo más duro. Acababa de aprender la mejor lección jamás impartida. Ya podía irse al refresco.

Nadie ha ido a sus casas para aviarlos. Con la camisa sucia después de un largo día de trabajo, sólo piensan en llegar pronto a la iglesia. No queda rastro del sol que horas antes jugaba a traspasar su luz a través de las ventanas. Concentrados en su misión, el silencio les indica que el rito comienza. No pretende lastimarlo. Intenta, sin lograrlo, no rozarlo. Desea que esas espinas, escogidas a traición por los verdugos y labradas con tesón por un orfebre, se tornen laureles que acaricien su frente. Rafael desliza el enredo, con la fuerza de un suspiro, hasta dejarlo a la altura de las sienes. Obligándolo sin querer con ello herirlo, Agustín, Jesús y Felipe lo cargan con la cruz aunque, si por ellos fuera, nunca más la llevaría. José Luis, Juan y Miguel ultiman los detalles. Agolpados en torno al Nazareno, José Antonio, Francisco y Manolo no pueden esquivar su mirada y los recuerdos que les evoca. “Ahora sí, ya está todo”, se dice Antonio satisfecho. Como la primera vez, Marisol, Rosario y Loli, sus mujeres, acuden a su encuentro para mimarlo pero es él quien las conforta. Es todo amor. Ya no se acuerdan de la camisa, arremangada con desenfado para facilitar el trabajo, ni tan siquiera de sus inquietudes y desvelos. Porque, aunque no estén todos los que son, ni los que fueron o serán, los hermanos del Amor renuevan cada año aquella historia de la que Simón, nuestro humilde campesino, fue testigo.

lunes, 9 de marzo de 2015

La última salida de la Virgen de la Amargura sin palio

El Miércoles Santo de 2004, la Virgen de la Amargura, titular de la cofradía del Cristo del Valle, se presentaba por última vez en el trono estrenado en 1992. Las andas, sencillísimas, carecían de palio, elemento que no se pudo incluir desde la primera salida procesional por su elevado coste y por las dimensiones de la ermita de la Virgen del Valle.
Foto Antonio Ruiz



lunes, 19 de enero de 2015

La Virgen de Araceli, patrona de Palenciana (Aparecido en Cofradiastv.es)

Cuenta la tradición que en 1834, mientras unos arrieros de Palenciana se encontraban trabajando, se desencadenó una inoportuna tormenta. Sin un cobijo seguro en el que refugiarse durante el camino, temieron tanto por sus vidas que invocaron a la Virgen del Carmen, devoción de demostrable experiencia resolviendo contratiempos relacionados con la bravura del agua. Fuera de peligro, los arrieros acordaron dedicarle una función anual en recuerdo del milagro obrado, aclamando y reclamando a la Virgen del Carmen como patrona del lugar. Ochenta años después, los arrieros alcanzaban su destino espiritual al convertirse la Virgen del Carmen, el 13 de mayo de 1914, en patrona de Palencia.



En cambio, no siempre fue la advocación carmelita el epicentro mariano palencianero. López Salamanca se hace eco del testimonio de Bernabé Ricardo Perales que, en 1780, cuando se encontraba en pleno proceso de elaboración del expediente para conseguir el patronato de la Virgen de Araceli sobre Lucena, afirmaba que los vecinos de la localidad de Palenciana, dependiente todavía de la de Benamejí, la tenían por patrona y protectora. 


La parroquia de San Miguel de Palenciana comenzó a levantarse en 1774 gracias al Marqués de Benamejí y Señor de Palenciana, don Juan Bautista Fernández de Henestrosa. Las obras, que se llevaron a cabo para reemplazar la anterior iglesia, edificada en el siglo XVI coincidiendo con la creación de la población en torno a un cortijo, contemplaban la construcción de un retablo y camarín para la imagen de María Santísima de Araceli. El retablo, que preside el brazo del crucero del lado del Evangelio, cuenta con un sencillo banco y un sólo cuerpo que da paso al camarín, enmarcado por una pareja de columnas de aires neoclásicos. El interior, de planta poligonal, presenta pilastras que soportan una ancha cornisa mixtilínea sobre la que descansa el tambor, con ángeles y guirnaldas de flores y, sobre éste, una cúpula estrellada con yeserías de colores. La Virgen de Araceli, de pequeño tamaño, preside el conjunto. La talla, vicaria de la lucentina, lleva a Palenciana aires de la Sierra de Aras a través de su rostro que, ciertamente, nos evoca a la imagen lucentina.



El auge de la devoción a la Virgen del Carmen que, como expresa García Hurtado, pudo deberse a la labor de evangelización que llevaron a cabo los carmelitas de Benamejí en la localidad, vino a coincidir con una etapa de rebeldía del pueblo palencianero, que finalmente logró su independencia en 1834, año en el que se ha querido situar el prodigio carmelita. Sin embargo, aunque las oraciones comenzaron entonces a proyectarse hacia al altar de la Virgen del Carmen, la Virgen de Araceli permaneció en su camarín, desde donde aún nos recuerda que una vez fue la devoción principal de Palenciana.


  • GARCÍA HURTADO, Manuel, “La fervorosa devoción de Palenciana a la Virgen del Carmen, su excelsa patrona”, Escapulario del Carmen nº 1398, pp. 205- 208.
  • LÓPEZ SALAMANCA, Francisco, Documentos para una Historia de María Santísima de Araceli 1751- 1800, Lucena, 1995.