miércoles, 27 de agosto de 2014

La Virgen de Araceli y la Santa Sede

Justo cuando la cofradía de María Santísima de Araceli alcanzaba sus primeros cincuenta años de vida, sus componentes recibían un importante documento firmado en Roma. Camilo Borghese, que ocupaba el solio pontificio bajo el nombre de Paulo V, expedía el 5 de agosto de 1613 una bula de indulgencias de la que se beneficiarían los cofrades y devotos de Nuestra Madre que, habiendo confesado y comulgado, asistieran a su ermita el primer domingo de mayo o en otras festividades señaladas.


Entre los principales hitos del pontificado de Paulo V, que ocupó la silla de Pedro entre 1605 y 1621, están su enfrentamiento con Galileo Galilei por su defensa del heliocentrismo o la beatificación de San Felipe Neri, San Francisco Javier, San Ignacio de Loyola y Santa Teresa.

Sobrepasado el centenario de la fundación, Giulio Rospigliosi, que como papa adoptó el nombre de Clemente IX, enviaba a la hermandad aracelitana otras indulgencias para los que visitaran el santuario de la patrona de Lucena durante la octava de su festividad y a los asistentes a la novena. 



El sucesor de Alejandro VII vio cómo se terminaba durante su papado la plaza de San Pedro del Vaticano, obra de Gian Lorenzo Bernini. El pontífice, amante de la música y autor de libretos operísticos, encargó el primer teatro de ópera de Roma, inaugurado en 1668, justo un año antes de que canonizara a San Pedro de Alcántara. 
Plaza de San Pedro del Vaticano

El 14 de marzo de 1851 se cerraba definitivamente el proceso para la ratificación del patronazgo de María Santísima de Araceli sobre la ciudad de Lucena. El papa Pío IX era el encargado de proclamar “Augusta Patrona y Abogada de la Ciudad de Lucena” a la Virgen de Araceli, zanjando así la discusión, tan interesante desde el punto de vista historiográfico, entre sanjorgistas y aracelitanos. 

Pío IX, cuyo pontificado, el más largo hasta el momento, se extendió desde 1846 hasta 1878, fue un papa liberal que, no obstante, tuvo que enfrentarse a las oleadas revolucionarios de 1848 que lo obligaron a refugiarse en Gaeta a causa de la proclamación de la república en Roma. A su vuelta, no aceptaría la unificación italiana ni la figura de Víctor Manuel II, al que llegó a excomulgar. Fue el encargado de proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre de 1854 a través de la encíclica Ineffabilis Deus.
Grabado editado en Málaga por Francisco Mitjana con motivo de la proclamación del patronazgo de María Santísima de Araceli sobre la ciudad de Lucena en 1851.


Otro proceso dilatado en el tiempo finalizaba con el visto bueno de Pío XII. Se trataba de la coronación canónica de nuestra patrona, que desde comienzos del siglo XX se venía reclamando. Finalmente, el 7 de marzo de 1947 se firmaba el decreto de coronación canónica, acto que tendría lugar un año más tarde.

 
A Pío XII le tocó vivir una de las épocas más complicadas de la historia reciente. Accedió al papado en 1939, por lo que tuvo que llevar las riendas de la Iglesia católica durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, finalizando su mandato en 1958. Se mostró en contra de Hitler, lo que no impidió que, terminada la contienda, se posicionara en contra del comunismo, acercándose a Estados Unidos y a regímenes como el franquista, con el que firmó un concordato en 1953. En ese sentido, los historiadores no se ponen de acuerdo a la hora de valorar su papel en estos difíciles años. En cualquier caso, una de sus principales aportaciones a la Iglesia fue la proclamación del dogma de la Asunción de la Virgen en 1950. 
Coronación canónica de María Santísima de Araceli
 
En 1962, para conmemorar el IV centenario de la llegada de nuestra patrona a Lucena, se celebró un año jubilar con un extenso programa de actos entre los que se incluyeron traslados de la Virgen de Araceli a distintas iglesias de nuestra ciudad. Durante la novena, en la que predicó, entre otros, Bueno Monreal, arzobispo de Sevilla, se dio lectura a una carta remitida por el papa Juan XXIII en la que felicitaba al pueblo de Lucena y pedía por la intercesión de “la Reina de esas tierras”. 

 
El papa bueno”, Angelo Giusseppe Roncalli, accedió al solio pontificio tras el cónclave de 1958, tomando el nombre de Juan XXIII. Carismático y de buen sentido del humor, llevó a cabo la última gran reforma de la Iglesia católica a través del Concilio Vaticano II, iniciado el mismo año en que nuestra patrona cumplía cuatrocientos años velando por los lucentinos. Fue beatificado en el año 2000 por el papa Juan Pablo II. Ambos fueron canonizados el 27 de abril de 2014 por Francisco, celebrándose su festividad el 11 de octubre. 
 

La Real Archicofradía atesora, como hemos visto, un importante legado documental que atestigua la enorme devoción que el pueblo de Lucena ha profesado hacia María Santísima de Araceli desde su llegada a la ciudad en 1562 hasta nuestros días. 
El papa Francisco recibe una fotografía de la Virgen de Araceli de manos del imaginero López del Espino
 


lunes, 18 de agosto de 2014

El Santísimo Cristo del Amor en la parroquia de San Mateo

En 1867 llega a San Mateo la imagen del Cristo que desde 1972 conoceremos por la advocación del Amor. Procedente de la ermita del Santo Cristo del Valle, ocupó varios altares en la iglesia hasta que se entronizó en el retablo de la Virgen de la Cabeza, colocado en la parroquia matriz en 1898.
Foto de Historias lucentinas
Foto de Campanitas



El Cristo del Amor en 1983. Foto de Campanitas

La bendición de la imagen de María Santísima de la Paz en 1984 cambió el emplazamiento del Señor en la iglesia que, finalmente, pasó a recibir culto en la antigua capilla sacramental junto a la dolorosa, formando una estampa en pocas ocasiones alterada. 
                            
El Cristo del Amor durante la restauración de la Virgen de la Paz. Fotos de Antonio Ruiz.