jueves, 18 de julio de 2013

El convento de Santa Clara de Lucena

Doña Catalina de Villarreal obtuvo el 22 de marzo de 1608 la licencia del obispo Mardones para la construcción de un convento de clarisas en Lucena. Más tarde consiguió la autorización de don Enrique de Aragón, Marqués de Comares, por lo que se iniciaron las obras en unas casas, cercanas a la muralla, del presbítero don Baltasar de Cuéllar.


El convento se situaba en la calle las Torres, en la esquina con Santa Catalina o Juan Valera. Al exterior tenía una sencilla portada rematada por una espadaña.


La iglesia tenía planta de salón y en el testero se levantaba el retablo mayor de Damián Francisco de Robles, realizado en 1692. También contaba con un púlpito de metal del que tenemos referencia gracias a la Revista Aracelitana.

Redondo Cantueso estudió la producción del lucentino Leonardo Antonio de Castro, que pintó para el convento cinco grandes lienzos con escenas de la vida de Santa Clara y otros de San Antonio, Santa Rosa de Viterbo, San Pedro de Alcántara, San Luis de Francia, Santa Inés, Santa Isabel de Portugal, San Luis de Tolosa y Santa Clara con el Niño Jesús, que desde 1972 se custodian en el convento de Santa Isabel de los Ángeles de Córdoba. Otra pieza del convento era el crucificado relacionado con Pablo de Rojas y que, procedente de Santa Ana, llegó a las clarisas en 1851. Esta imagen fue solicitada en sus inicios por la cofradía del Silencio.


De este convento salió en 1920 una talla de María Santísima de Araceli para ser titular de la filial malagueña, creada ese mismo año. La imagen, de pequeño tamaño y del siglo XVIII, ha sido recientemente cambiada por otra reproducción de la patrona de Lucena, de menor interés artístico.

(Foto Monago- Mártires)

También en Santa Clara estuvo, gracias a la donación de la familia Fernández de Villalta, la imagen de Jesús Preso de la Archicofradía del Carmen. El Cristo había formado parte de la cofradía del Martes Santo y, más tarde, pasará al convento franciscano, desde donde saldrá a partir de 1973.


La mala fortuna del convento, como tantos otros edificios lucentinos, lo llevó a desaparecer en 1970, después de que su patrimonio fuera repartido. 

  

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