miércoles, 17 de abril de 2013

Luces y sombras del Viernes Santo lucentino.

Siempre se ha dicho que el Viernes Santo es el día de la Semana Santa más genuinamente lucentino. Partiendo de la base de que la santería es el elemento diferenciador de nuestras procesiones, hemos de considerar que la Archicofradía de Jesús Nazareno ha mantenido la tradición de que sus hermanos salgan ataviados con una túnica muy similar a la de los santeros. La irrupción de la estética cofrade sevillana, sobre todo a partir de los años veinte del pasado siglo, provocó la inclusión del hábito de nazareno en los desfiles procesionales, cuya diferencia principal con respecto a los de Lucena radicaba en el uso de un capirote y un antifaz. La hermandad de Jesús Nazareno fue la única que decidió conservar la tradición, que más tarde sería retomada por el Carmen. Pero la hermandad ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y ha demostrado estar a la altura de las circunstancias en los últimos años. Así, se está llevando a cabo una importantísima labor con respecto a la conservación del patrimonio. A la reconstrucción de San Pedro Mártir, empresa faraónica, hay que sumar la restauración de distintas piezas del bordado como la túnica de las uvas de Jesús o un manto de salida de la Virgen del Socorro, así como la restauración del Nazareno por parte del IAPH. Todo ello es una señal inequívoca de las inquietudes de una junta de gobierno capaz de abordar temas espinosos pero ineludibles.

En los últimos años se está hablando de la necesidad de potenciar el turismo en nuestra Semana Santa, razón por la que hemos de adoptar la perspectiva del visitante para evaluar lo que se les ofrece. Para un turista, o para cualquier lucentino que no forme parte del cortejo, resulta prácticamente imposible contemplar el paso de la cofradía desde una acera ya que ésta se ve invadida por las promesas, no contentas con ocupar todo el ancho de la calle. El desorden de la cofradía parece ser una característica del Viernes Santo unánimemente aceptada pero debería reservarse para el espacio que van a ocupar los pasos, la calle. Probablemente sea el mayor inconveniente del Viernes Santo, herencia de tiempos en los que todo el pueblo salía alumbrando y muy poca gente esperaba para ver pasar al Señor.

Por otra parte, sería interesante recuperar las antiguas túnicas de "percalina" o "ruán" morado, que se han ido sustituyendo por otras mucho menos vistosas, al igual que la cera del cofrade color tiniebla, complemento insustituible de los hermanos de Jesús. 

Finalmente, y a modo de utópica propuesta, la fantástica talla de Jesús Nazareno luciría mucho más majestuosa sobre su antigua peana de carrete o, en cualquier caso, en un trono a la altura de su valía. No hemos de olvidar que, tradicionalmente, Jesús ha salido sobre peana hasta principios del siglo XX, cuando se adquiere el trono que hoy utiliza la cofradía del Cristo del Amor. Las actuales andas, queramos o no, no son las adecuadas para una cofradía fundamentada, precisamente, en la tradición. 

En definitiva, el Viernes Santo es una jornada con innumerables luces, entre ellas la irradiada por los propios titulares, pero con pequeñas sombras que, solucionadas, harían perfecto este día.


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