miércoles, 24 de octubre de 2012

Patrimonio perdido de Lucena: La ermita del Calvario.

Cada Viernes Santo, los prieguenses viven uno de los momentos culminantes de su Semana Santa cuando Jesús Nazareno, portado a hombros del pueblo, llega a la cima de un pequeño cerro, el Calvario. Allí, ante la ermita, en la que está erigida la hermandad de los Dolores, el Nazareno de Pablo de Rojas imparte la bendición mientras sus devotos, brazos en alto, sostienen el popular hornazo.


La ermita es una sencilla construcción, recientemente remozada, precedida por un Via Crucis pétreo. Desde aquí comienza su estación de penitencia la hermandad de la Virgen de los Dolores el Lunes Santo que, tras permanecer en la Parroquia de la Asunción, regresa a su capilla en la madrugada del Viernes Santo. Pero, sobre todo, es el escenario de una de las tradiciones más señeras del pueblo de Priego de Córdoba, con Jesús Nazareno como protagonista.
 
 
En la ciudad de Cabra, también sobre una pequeña colina, se levanta la ermita del Calvario, en la que se veneraba una imagen de Jesús que servía para escenificar el Descendimiento durante el Viernes Santo. En la actualidad, la ermita se mantiene en pie a pesar de que solamente se usa durante Cuaresma para iniciar desde allí un Via Crucis con el Cristo del Calvario, antiguo titular del templo y en la actualidad venerado en la iglesia de los Remedios.
 
(Foto Flickr)
 
(Foto Hermandad del Calvario)
 
Las ermitas de Cabra y Priego no son casos aislados. Otras localidades de la zona también poseen, o poseían, una ermita del Calvario. Es el caso de Doña Mencía, Montalbán o Puente Genil. Lucena, cómo no, también contó con una ermita del Calvario de la que todavía perdura el nombre, aplicado a la carretera que, como prolongación de la Calzada, parte en dirección a Encinas Reales.
 
La ermita del Calvario de Lucena se funda a iniciativa de los vecinos del barrio de la Calzada que, como solía ocurrir con este tipo de construcciones, eran muy demandadas por determinados sectores que, por norma general, eran los mismos encargados de su mantenimiento y de las reparaciones necesarias para el culto. Sus orígenes han de buscarse, según indica López Salamanca, en los años finales del siglo XVII o en los iniciales del XVIII. Muy pronto, en 1736, ya no había santero que guardara de ella y, por tanto, su estado era de abandono. Es entonces cuando Pedro Ramírez del Valle se encarga de su restauración que, en cambio, no impidió que en 1832 ya estuviera en un lamentable estado. En ese año, Francisco de Asís Romero y Ruiz vuelve a intervenir en ella, inaugurándose el 11 de noviembre. A pesar de lo celebrada que fue su reapertura, otro siglo después, en los años cuarenta del siglo XX, su estado era ruinoso.
 
 
Gracias a la anterior fotografía conocemos su exterior. Después de sortear las tres cruces de piedra, nos encontramos con una sencilla fachada rematada por una espadaña de un único vano y con una puerta de reducidas dimensiones a la que se accede a través de unos escalones. Adosada a la ermita, la vivienda del santero, tan austera como la capilla. Precisamente la precariedad de los materiales usados en este tipo de ermitas motivaron el mal estado al que llegaban con facilidad y auguraban su sino, desaparecer.
 
El interior era tan austero como su fachada. Medía diez metros de largo y en el frente se exponía un Calvario formado por el Cristo de la Buena Muerta, una Dolorosa y San Juan. A los lados, cuadros de Jesús Nazareno y Santa María Egipciaca. El aspecto del interior debió variar mucho a lo largo del tiempo, ya que en una de las ocasiones en las que amenazó ruina se desplomó la techumbre, de manera que quedaron en pie solamente los muros. El sagrado recinto quedó, tal y como nos informa López Salamanca, a merced de ladronzuelos que aguardaban a los viajeros para sustraerles alguna propiedad, mientras que estos últimos aprovechaban el lugar para hacer un descanso en su camino. Su destino estaba anunciado. Desapareció del patrimonio lucentino cediendo, como ya hemos comentado, el nombre asociado a su emplazamiento.
 
- LÓPEZ SALAMANCA, Francisco, Historias lucentinas (I), Lucena, 2004.

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