lunes, 12 de marzo de 2012

La devoción y sus condiciones

El pasado viernes 9 de marzo, la encrucijada de San Pedro y Curados era un auténtico hervidero de lucentinos que se desplazaban allí con un mismo fin: reencontrarse con la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Hacía prácticamente un año desde la última vez que se vio al Señor bajo su baldaquino de mármol. Pero, a pesar de los nervios propios por volver a ver a Nuestro Padre, los comentarios que se escucharon fueron de lo más dispares.



Desde 1989, el IAPH trabaja interviniendo bienes culturales en unas completísimas instalaciones, situadas en el antiguo Monasterio de Santa María de las Cuevas de Sevilla, contando con un numeroso equipo interdisciplinar. A este prestigioso organismo se le encomendó la restauración de Jesús Nazareno, que ha llegado a coincidir en tan importante taller con otras grandes obras como la Virgen del Rosario de Granada, responsable de la victoria en la Batalla de Lepanto; las Angustias de Córdoba, grandioso grupo del inigualable Juan de Mesa; o el paso de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, fuente de inspiración de muchas de las andas actuales. La decisión de la Archicofradía no pudo ser más acertada, pero tampoco estuvo exenta de polémica. Desgraciadamente, en el mundo de las hermandades se prefiere volver la cara a la realidad antes que enfrentarse a ella, encargando la puesta en valor de nuestro patrimonio. Es labor de nuestros cofrades mantener viva esa llama de fe, materializada en las imágenes, que nuestros antepasados nos han legado y que estamos obligados a perpetuar a las generaciones venideras. Nuestros titulares son depositarios de las oraciones de los fieles, de sus inquietudes y sus problemas. Pero, además de esa importantísima vertiente espiritual, tienen un carácter indudablemente material que las hace sumamente frágiles.

Las labores de restauración no sólo han consistido en paliar los problemas estructurales de la imagen, sino también en limpiar su policromía. Este proceso, acarrea una de las consecuencias más temidas por los devotos: la pérdida de pátina y, por tanto, la desaparición de un supuesto tono moreno. Al respecto, es muy recomendable un libro de fácil y amena lectura del prestigioso historiador, crítico y restaurador italiano Cesare Brandi, Teoría de la restauración. El que fuera fundador del “Istituto Centrale del Restauro” en Italia, ya habló sobre la problemática de las veladuras y pátinas, si bien hay distintas corrientes al respecto. En cualquier caso, un buen número de restauradores especializados en obras expuestas a la veneración de los fieles, se han posicionado, a través de sus trabajos, a favor de la limpieza de toda huella del paso del tiempo por las esculturas, dejando su policromía tal y como fue concebida. Pero, al igual que nos pasa con grandes obras de arte, desde las esculturas romanas hasta el mismísimo Partenón de Atenas, nos hemos acostumbrado a una imagen que dista mucho de la original. Dicho de otro modo, ni el Partenón fue siempre blanco, ni nuestras tallas fueron siempre morenas.

En definitiva, y a falta de la información que los restauradores darán próximamente en una conferencia, podemos estar agradecidos a la Archicofradía de Jesús Nazareno por haber apostado por su patrimonio, cuya máxima expresión es la imagen misma de Nuestro Padre, aunque dicha decisión venga acompañada del disgusto de algunos sectores. El tiempo pone todo en su lugar y nosotros nos acostumbraremos a este sensible cambio. Y Jesús estará ahí para recibirnos.


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